Calentando la pava

Esta semana descubrí que una buena medida para comprobar si es buen negocio un trabajo free lance que uno puede realizar desde su casa (llámese también teletrabajo, vida en jogging, laburo sin jefe respiranucas, etc.) es comprobar si el ritmo que las tareas exigidas a distancia imponen nos permite ejercer la contemplación de la pava mientras se calienta el agua para el mate.
Si la respuesta es "sí": Estamos en buen camino, probablemente contemos con una gran cantidad de ventajas que brinda la vida en jogging, entre ellas cortar la actividad cuando se nos canta para observar algo fundamental que sucede, por ejemplo, en el programa de Rial; interrumpir en cualquier momento para dirigirnos al chino de la otra cuadra a comprar algún artículo de necesidad y urgencia (nunca se sabe si uno va a querer condimentar algo con estragón, por mencionar uno de ellos, por las dudas conviene tenerlo siempre a mano); dormir esa siesta de escasos minutos pero que necesitamos de forma urgente porque si no cumplimos con esa necesidad moriremos en el acto, y otra extensa lista de opciones que nos brinda la vida sin horarios ni exigencias inmediatas.
Si la respuesta es "no": Mmmm...habría que replantearse si realmente es un buen negocio sacrificar ciertas cuestiones sociales, económicas y de otras índoles que pueden brindar los trabajos más "tradicionales", que requieren de nuestra presencia física en algún ámbito ajeno a nuestro hogar, en función de no tener que pensar en el vestuario, los horarios y las infaltables careteadas, pero también debiendo cumplir con exigencias que, según esta nueva medida, si nos impiden contemplar la pava mientras se calienta el agua, porque debemos terminar con algo urgente, probablemente también nos priven de disfrutar las ventajas referidas en el punto anterior, a las que podrían sumarse situaciones francamente lamentables, como por ejemplo tener que interrumpir un llamado telefónico aunque pinte muy prometedor, con la frase "te dejo porque tengo que seguir laburando", mientras probablemente en ese mismo momento existan cientos de oficinistas mantienendo extensísimas y apasionantes charlas telefónicas desde sus respectivos ámbitos de trabajo, con las piernas apoyadas sobre la mesa y una sonrisa de oreja a oreja, dibujada en su rostro en el momento en que su jefe le avisaba por el interno que se retiraba porque se sentía mal.